A...a mamá
- Otro de los motivos
por los que maldije querer hacerme mayor fue no contar con que ella ya no
estaría. Jamás me dejó tocar su cajita de la costura porque decía que los hilos
eran muy caros y que las agujas me podían pinchar. Los caramelos de nata no
sabían igual si no salían del bolsillo del delantal de mi abuela; mezcla del
calor de su cuerpo, la tersura de su mano y las trabas de madera de la ropa, dando
ese toque dulce babeante al caramelo
incluso antes de abrirlo. Yo la recuerdo siempre vieja. Nunca me paré a pensar
que fue un bebé, que tuvo ocho años, o trece, o veintiuno. Para mí siempre fue
una mujer de pelo blanco a la que se le llenaban los ojos de lágrimas, sin
perder la compostura, cuando nos vestíamos de blanco para el bautizo, blanco
comunión o blanco boda. Sus zapatos
negros, brillaban pulcros en esas ocasiones y siempre parecían recién
estrenados. Ella olía a… a Mamá, y siempre tenía el fuego encendido. Nunca se
quejaba y utilizaba el refranero para dar solución a cualquier problema. Era la
reina de la mercromina, el pimentón y el agua de pasote o arroz. Partía el
dolor con unas tijeras y la cara sin manos. Sus frases más repetidas eran: No
hará falta decírselo a mamá. La familia siempre unida pase lo que pase. El
ignorante cree saberlo todo, el imbécil cree tenerlo todo bajo control.
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- Hoy he abierto la
cajita de la costura. Hay una fotografía. Ojalá y fuera yo la desconocida que
está a su lado y no la que mira la foto guardando la compostura porque se acaba
de pinchar el alma.
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