sábado, 9 de marzo de 2019

Es entonces.


Es entonces cuando no me dirige la palabra que todo se vuelve insoportable. La veo en su ritual de silencio. Con su cruce de piernas y su mirada perdida, y un suspiro que como  trueno inesperado me hace sentir solo. Yo paso la página de mi libro con rabia para hacer todo el ruido que mis celos me permiten. Me levanto y leo por encima de su hombro mientras acaricia el teclado  como leen los ciegos “Muérdeme la cadera hasta que sea a ti a quien le duela y entonces, solo entonces, hazme el amor; manso o como una fiera.”
Le pregunto si quiere un café y sin mirarme dice sí. Yo creo que es para que la deje en paz que me dice que sí.
Desde la cocina escucho el golpe de las teclas a segundos impares y el goteo del café se pone en mi contra. Está sola, sin mí, escribiendo cosas que solo me dice a mí, que solo hacemos cuando consigo alejarla todo lo posible del maldito teclado. Cosas que leerán otros.
Le acerco el café y pienso: Mírame. Mírame cuando menos espero que lo hagas aunque no resista que me pongas la saliva de punta.
Entonces, como si me hubiera escuchado, deja de escribir en el teclado y comienza a escribir en mi piel. Es entonces cuando me dirige la hora punta de sus palabras y yo me inclino ante su cruz, y todo se vuelve insoportable porque ya antes de morderla duele. ¡Joder cómo duele!

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