miércoles, 22 de abril de 2020

Me gustaría

Me gustaría beber un whisky con alguien que me escuche.
Hablar hasta…desahogar hasta…hacerlo hasta…y luego... Pero no me gusta el whisky.


22/04/2018

lunes, 20 de abril de 2020

¡No tengo cabeza!


“¡El que piensa, pierde!” era nombre de un juego imaginario de un grupo humorístico.
Es una crueldad dejar a una mujer sola con sus pensamientos. Conste que no empecé yo.
“Estoy triste, tan triste, tan triste, que no tengo fuerzas ni para decir: ja,ja,ja”. Preocupada por el futuro del futuro, miro a la ventana sin asomarme porque la añoranza quiere arañarme. De todo este follón mundial que no sé, ni sabré, cómo cuernos comenzó, hay algo que me mantiene un pizco despistada: me pregunto por qué sonríe Pepepijo.
La risoterapia estaba de moda como antídoto para la tristeza, la depresión y cualquier etcétera que rime con <<estoy mentalmente contradicho con las/mis, buenas emociones!).  Fuerza el gesto y verás que el cerebro se hace un lío del copón y comienzas a sentirte mejor. ¿Será eso? Cierto que buscarle la gracia a la desgracia también suele funcionar a riesgo de que alguien te parta la cara por sentirse burlado, o que sonreír al enemigo hará que lo flipe. Y sonreír cuando eres un líder último modelo puede ser la reostia (sin hache para poder no blasfemar). Viva la chulaterapia.
O será como dice la canción que “este mar guarda cada vez más barcos hundidos” o que no tiene carta de salvación el culpable y es por ello que sonríe Pepepijo.

Mi cocorota cambia sin más de tema pensando eso de qué será del futuro del futuro.
¿Qué será eso que me visita cada noche, y duele? Algo así como un dolor de franqueza destilado. Un, de repente.
Ya me imagino en Triana: mi sombrero peruano muertito de fatigas al ladito de otro panamá, que me mira con recelo a ver quién recita mejor un poema, o toca mejor la guitarra, o se hace el muerto o la estatua, o lanza palos, pompas de jabón…o balas… mientras siento  que en la recámara de  mi rebuscado cerebro, mi vieja radio susurra que “la pena está bailando con el llanto” Así que estoy siguiendo un tutorial heredado de mis ancestros, y que jamás pensé tener que aplicar, de cómo hacer corazones que  sean fuertes como el mar que nos rodea y nos toca suavemente; a prueba de discursos indiferentes, verdades ocultas, dolores de franquezas y engaños transparentes.




domingo, 19 de abril de 2020

importa tanto


Aquí estoy en la pileta restregando calcetines, las sábanas en añil, los pañales al sol y sólo se le ocurre decir que le compre una caja de ambrosías para llevar a sus amigos de Vichy, y mi lavadora para la vuelta del viaje. A quién coño se le ocurre poner nombre de colonia a una ciudad, pedazo de horteras, y encima le digo que arregle el enchufe y me funde los plomos, se carga el estabilizador de la tele y le echa la culpa al transformador. Tener un hombre en casa para esto. <Cásense mis hijas> -decía Pino la comunista con recochineo. ¡Qué se marche, qué me deje tranquila que ya lo decía mi madre con ese tono que solo las madres saben dar! : <Mira Rosa que te hartarás y cuidado con lo que deseas que la divina providencia lo cumple, y desearás tenerle bien lejos> ¡Ay mamá, qué razón tenías! La providencia esa se cachondea de las peticiones de una y cumple lo que le da la divina gana, si lo sé yo, que hasta por una inyección que le puse armó la de dios y tuve que ponerle un kilo de algodón en el culo por una gotita de sangre. Nada, sigue frotando sus calcetines Rosa, que en nada se va y a la vuelta te traerá un suvenir de esos de París de los que él cree que te gustan, para limpiar estanterías hasta aburrirte: un rosario de Notredame, una estampita, un puzle, otra maqueta de la jodida catedral que seguro que es fea, oscura, gris y huele a moho. No, seguro que es preciosa pero nunca me lleva con él porque cómo <es por trabajo>… Aunque en realidad no me importa. O si. Sí que me importa, tanto como quitarle la mierda a estos calcetines que tienen que estar listos para mañana.


domingo, 12 de abril de 2020

COMO LA MUERTE MISMA.



Nunca me gustaron las flores lejos de sus macetas, al corte, moribundas ni en un ramo esperando la muerte.
Ni entre hojas de un libro desnutridas aplastadas sin piedad, emulando amor –y ansiedad-.
Nunca entendí el por qué de las flores agonizando en tus manos, y tu sonrisa sincera esperando mi complicidad.
Ellas vistieron la mesa, el altar y el luto fingido, adornaron la losa pálida de la oportunidad que perdimos, el cabello y el escote, las alfombras del corpus, los pies al paso de la novia, las malditas primaveras.
Claro que no era la vez primera que ellas pedían perdón en nombre de una traición o asilo en mis veredas.
Este ramito de rosas de cadáveres en flor, en ved de oler a podrido, huele a amor eterno y frío que a veces yo resucito –y detesto-, por exceso de calor.
Aquí dejo las dos primeras, y una epístola que reza -sentencia de mi mala suerte-: Cuando estas rosas se pudran dejaré de quererte.

jueves, 9 de abril de 2020

Frío, frío.


Nada te hace sentir tan mayor como entender que no entiendes nada. Los días pasan y parecen no dejar huella. No, sí que dejan. Dejan lecciones que al parecer hay que aprender desde que nos quitaron el confinamiento el pasado mes de julio. Me río al pensar que en aquellos años veinte se traficaba con vino, güisqui… y estos veinte con papel higiénico, o mejor dicho, con mascarillas. La economía se fue al carajo y ahora es tiempo de reproches, especulaciones, y sacar tajada pisando a quien sea. Tiempo de sentar en el banquillo a los acusados. Tiempo del politiqueo vomitivo gastando una pasta gansa en cada procedimiento en cadena. Panamá, Venezuela y el no te ajunto, son noticia en primera plana. No hay dinero.
 Me he ido por la calle de en medio intentado saber la verdad y perder la habilidad que tengo de frustrarme. La verdad y la muerte siempre han sido dignas de mi respeto. Claro que lo difícil, si la encuentro, será contarla y que me crean. Siento como si estuviera cerca de ella, pero alguien grita:”frío, frío”. Cuándo será que escuche caliente. Mientras tanto pienso en esos niños que rescatan alguna vez de sus poblados para que pasen las vacaciones en un paraíso civilizado; ¿qué se siente al quitarte de golpe el alimento seguro de cada día, el agua de cada día, el juguete o el cariño vacacional de cada día cuando tienes irremediablemente que volver? Así se sienten quizá los pájaros a los que la vida les ha sorprendido con unas vacaciones hasta que los retrovirales hicieron su efecto y la vacuna apareció ocho meses después del primer luto.
 Ya es oficial: A las siete una vez al año habrán aplausos durante décadas. A las siete de cada tarde, los pájaros se quedarán mudos ,y tanto ellos como yo desearemos que alguien grite, Caliente.


martes, 7 de abril de 2020

Amor mío


Sin medidas ni frenos, con deseo,
sin prisas, con fuerza y sin magia,
sin trucos baratos, sin caras despedidas,
a lo loco por mi vida,
como nunca, como viva.
Dilatando mis sueños,
quemando mis pesadillas.
Como si no hubiera mañana,
como si tarde no fuera tarde…
Así te sentí la otra noche,
Amor mío que estás en el cielo.

viernes, 3 de abril de 2020

TENTACIÓN


¡¡¡PARA EL CLUB DE LOS RETOS DE DÁCIL!!!
20 Poemas de amor y una canción desesperada de Neruda, dos chocolatinas de Tirma, un cuaderno de crucigramas, y una lupa aunque no se aprecia bien. Esa manchita blanca y negra a la derecha es el rabo de Martín que está molesto por ocupar sus espacios preferidos, ese rabo no entra en el Reto...

Después de  charlar con el techo de mi habitación y preguntarle ¿Cuánto?, estuve a nada de ahogarme por culpa de una gotera que recorría mi cara ensimismada. Retiré un pegote de chocolate de mi brazo e hice una pelota con los dos  envoltorios observando la palma de mi mano pensando cuándo las comí.  Con una lupa leí, Tirma, Tirma, Tirma… Si me hicieran un examen sobre el envoltorio lo aprobaría. Con el dedo corazón la lancé lejos.  La cama me echó a patadas ya que no es la primera vez que buscaba hechos y yo le devolvía palabras; 20 Poemas de amor y una canción desesperada. Patético. Me di una palmadita en la mejilla, fui a por otra cerveza y ahí estaba yo, asomado a la ventana que me sostenía como si fuese una pluma. Tuvo gracia.
A la Luna le dio por presumir. Ataviada con un manto negro, que realzaba su figura descarada, me guiñó un ojito cuando las nubes, fans de su tersa blancura, se abalanzaron a pedirle un autógrafo. Yo la seguía mirando con los ojos extraviados preguntándole, ¿Cuánto?, mientras la pared de mi derecha me pedía que regresara y la de la izquierda tiraba de mí para que la gravedad volviera a mis pies y la sangre a mi cabeza. A mi otra cabeza.
“Cuánto” se repetía en mi estómago, en mi pecho, en mis pulmones. Fue la primera pregunta que tuve que hacerle para que se dignara a hablar conmigo y me dedicara una sonrisa un año antes. El abracadabra. La última pregunta para que pudiera cuadrar un lunes el  crucigrama dominical. El seguro de vida que hoy me mataba. Me daban ganas de vomitar solo de pensarlo.
-¿De qué te ríes? –preguntó  mimoseando la Luna mirando fijamente mi boca.
Empiné el codo apoyado en la ventana. El penúltimo sorbo de mi zumo de cebada sabía al mejor de todos.
-¿De qué te ríes? –insistió nerviosa soltando una carcajada, mientras yo acariciaba la boquilla de la botella con mi labio inferior.
Y la besé.